El arte de lo sutil: Nobu

Un plato de comida servido sobre la mesa

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Un ritual de sabores y texturas, mi experiencia en Nobu fue un encuentro con la belleza, con el arte de lo efímero, con la perfección servida en pequeños altares de porcelana, y con el arte de lo sutil.

Desde que crucé el umbral en Arcos Bosques de ese espacio pulido y discreto, supe que estaba entrando a un templo. La arquitectura, con líneas limpias y una calidez casi japonesa en su sobriedad, invitaba al silencio interior, al aprecio por los detalles. La luz era suave, como si respetara la intimidad de cada comensal. Las mesas hablaban en murmullos y los aromas flotaban como promesas por cumplirse.

Nobu es una filosofía, una forma de rendir homenaje al producto, al equilibrio, al momento presente. Me dejé guiar por el menú como quien sigue el cauce de un río, sin querer apurar el curso, dejándome llevar. El primer bocado fue un sashimi de hamachi con jalapeño: una caricia que despertó todos mis sentidos. La frescura del pescado, casi etérea, se encontraba con el picor juguetón del chile y el ácido sutil del yuzu. Era Japón y México bailando un tango perfecto en mi paladar.

Un plato con frutas

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Luego vino el legendario bacalao negro marinado en miso, ese platillo que ha hecho historia en la cocina contemporánea. Se deshacía con una suavidad provocadora, como un secreto susurrado al oído. Dulce, salado, profundo, místico. Cada bocado era como tocar el borde de una nube.

La velada continuó entre copas de vino blanco frío, burbujeante como una risa ligera. La conversación fluyó sin prisas, como si el tiempo se hubiese tomado una copa también y decidiera quedarse. Probé nigiris que parecían joyas, donde el arroz —cálido, perfecto— servía de pedestal a cortes impecables de atún, salmón, erizo. Cada uno era una declaración de respeto al ingrediente, a su origen, a su nobleza.

Un plato con comida sobre una superficie de madera

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Hubo también tempuras ligeras como el aire, y un tiradito que brillaba con el oro líquido de un aceite sutilmente picante. Y entre plato y plato, miradas cómplices, pausas meditadas, y el deleite de saber que estaba justo donde debía estar. El servicio, impecable pero sin ostentación, sabía cuándo aparecer y cuándo desaparecer. Como un buen anfitrión japonés: presente, atento, pero invisible.

Al salir, sentí que algo en mí se había afinado, como una cuerda que vuelve a tensarse con la nota justa. Nobu despierta una parte más profunda, esa que a veces se adormece en la rutina y necesita ser tocada por la gracia. Arcos Bosques, con su arquitectura de cristal y acero, parecía flotar en la noche. Yo caminaba ligera, como si hubiera comido estrellas.

Porque una noche en Nobu se lleva, como un perfume exótico, en la piel como una emoción suspendida.

Nota editorial: Si te pones en contacto directamente con Melanie, coméntale que has estado leyendo sus estupendos artículos en: www.pulsopyme.com

¡Gracias!