¡Finalmente lo termine de leer!

Al maestro Améndola.

Doquier, estés…

Fue el libro de todos los que he leído, que más tiempo me tarde en leer.

¿Y sabes cuál fue tal libro?

¿O por qué me tardé tanto tiempo en leerlo?

Pues fue uno de los que primero “tuve” que leer obligadamente hace muchos, pero muchos años en secundaria, pero afortunadamente hasta ahora lo pude terminar de leer. El libro al que me refiero es: – “El Galano arte de leer”, de Domínguez y Michaus, 1969, TRILLAS.

C:\Users\hp14\Desktop\v111 GALANO.jpg

¿Pero por qué digo que tuve que leer?

Pues porque fue el libro que el maestro de la clase de literatura del segundo año de secundaria, y de eso hace muchos años, nos asignó para trabajar en él y leer. Pero, siempre hubo un pero, a esa temprana edad y en secundaria, lo que menos queríamos hacer era leer y mucho menos de literatura. ¡Queríamos mejor leer “comics” como el de “Superman” o el de “Kaliman”!

¡Aunque si aprendí mucho de leer las aventuras de “Superman”, las de “Kaliman” y su compañero inseparable “Solim”, y otros!

¡Error! No tanto, pero…

Además, nos pasábamos toda la duración de la clase de literatura jugando y molestando al pobre profesor de literatura Améndola, que así se apellidaba, que entre dientes nos insultaba respetuosamente todo el tiempo, por lo mal que nos portábamos.

El maestro intentó todo lo que podía hacer en ese entonces para que atendiéramos a su clase o que siquiera abriéramos el libro, pero, nuestro desorden y gran falta de interés era mayor. ¡No nos dejábamos controlar!

¡Error! Pero…

Ahora, por fin lo termine de leer. ¡Bravo!

Sí, me lo encontré arrumbado y bastante maltratado el día que íbamos a hacer una mudanza.

Al verlo así, decidí arreglarle la pasta y la portada y finalmente poder intentar leerlo en su totalidad, algo que debí de hacer eso hace casi 60 años cuando lo empecé a leer de mala gana e irremediablemente quedó para después de jugar fut o beis o ir al cine o alguna fiesta o qué sé yo.

¡Error, no haberle dedicado más tiempo antes! Es una joya literaria. Te transporta a cientos de lugares y te presenta a cientos de autores que bien hubiera valido la pena conocer y leer antes.

Era y es un vehículo interesante de manejar para aprender a leer y también mucho de literatura universal entender. Y puede que también te ayude a aprender a escribir. ¡Pero, más vale tarde que nunca! ¿Verdad?

Así que abusando de su tiempo, paciencia e interés, me permito presentarles uno de los últimos cuentos que nos presentan los autores, no sin antes recomendarles, busquen entre sus cachivaches una copia del mencionado libro y si no está allí, consíganse una copia en la farmacia o en la tlapalería o en la biblioteca o con sus nietos y léanlo todo. ¡De la misma forma que yo ya lo he hecho! ¡Bien vale la pena hacerlo!

Yo, ya lo hice en su totalidad y saben, valió mucho la pena.

Aunque sólo lo pude terminar 60 años después de que lo inicié…

¡Améndola, perdón por no haberlo terminado antes, pero tú sabes, la juventud y sus “otras” prioridades!

Aquí, a continuación les incluyo el mencionado cuento, que se intitula: -“Aventura”, y que fue escrito por el escritor contemporáneo español, cuyo nombre es -“José Santugini (Toledo, 1903 – Madrid, 1958)”-, y que está en las páginas: -“356-359”, del libro.

Espero les guste. A mí, me encantó.

AVENTURA

https://encrypted-tbn3.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcSYctZC572cj3vfk7PkR3opFlxpTY0iCVr0k-iRtdIb3rNNxO4G

Por: José Santugini.

I

Una aventura de amor, sí; una aventura de amor nacida en la sección de anuncios por palabras de un diario cualquiera.

Decía así el anuncio:

“Señorita distinguida cambiaría correspondencia con caballero, a ser posible culto y moreno. Laura. Calle de la Nación Continental.”

Decía el anuncio así y estuvo diciendo por espacio de una semana, con insistencia angustiosa.

Al octavo día escribí:

“Señorita Laura: No soy culto, pero en cambio soy moreno. ¿Puedo servirla en algo? Me interesa conocer esas cartas que usted ofrece, como si fueran un específico. A mí, que me cuesta gran trabajo escribir a la familia, me intriga el saber que puede decirse por carta a una persona totalmente desconocida. De V. s. s. etcétera.”

Y al día siguiente, en un papel azul y perfumado, llegó a mí la respuesta:

“¡Tonto! A una persona desconocida se le dice: Quiero conocer a usted. Nada más. Y se la cita en el café << La Alianza>>, por ejemplo, para las cuatro de la tarde de mañana.”

¿Verdad que es muy fácil? Pero no: a mí no me engaña usted: estoy segura de que es un picarón redomado que se las hecha de ingenuo… He adivinado también, que es usted, además de moreno, alto, guapo y muy simpático.

“Bueno, hasta mañana. Espéreme en la tercera mesa del primer turno de la izquierda conforme se entra. Laura.”

II

A las cuatro y cinco minutos una viejecita vestida de negro, cubierta la cabeza con una manteleta y apoyada en un bastoncito, se aproximó a mi mesa.

—Buenas tardes —me dijo.

Me alcé yo del asiento e hice una reverencia.

—Señora, acaso es que Laura no….

—Laura yo soy.

—¡Ah!

Sonreía plácidamente la viejecita, que era como una ilustración de un cuento de Navidad. Detrás de los gruesos cristales de las gafas brillaban alegres e ingenuos unos ojillos, presos en una red de arrugas.

Tomó asiento junto a mí, luego de dejar el bastón en una silla cercana.

—De modo que usted es Pepe.

—Sí señora: aunque no lo parezca —dije estúpidamente.

—¡Vamos! —exclamó ella a guisa de comentario—. Pues yo soy Laura.

—Tanto gusto señora.

—Señorita.

—¡Oh perdón!

—No se preocupe.

Y añadió después:

—Bueno; ¡pues ya nos conocemos!

—Sí, claro —asentí yo —; ya nos conocemos.

—Y ha sido una verdadera casualidad.

—¿El qué?

—El que leyese usted el anuncio.

Vengo poniéndolo desde hace cincuenta y cinco años, o sea que el primero se insertó cuando yo apenas tenía veinte. ¡Cosas de chica! Y desde entonces la única carta que he recibido ha sido la suya.

Un golpe de tos le impidió continuar. Yo eché agua en un vaso y se lo ofrecí.

—No gracias, ya ha pasado. Me ocurre muy frecuentemente.

—Debe usted cuidarse —aconsejé por decir algo.

Y ella contesto:

—¿Pero es que cree usted que no me cuido? ¡Pues si no hago otra cosa! Me paso todo el santo día tomando medicinas que no me sirven para nada. Y es que va una siendo vieja. Aunque yo no represento los años que tengo. ¡Ejem! ¡Ejem!…

Extrajo de su bolso de mano una cajita: de ésta, dos comprimidos que disolvió en agua, y fue bebiendo sorbo a sorbo con aire satisfecho, no sin antes preguntarme si yo deseaba beber también.

Desde una mesa lejana un caballero nos observaba complacido, pintada en el rostro la grata impresión que le producía nuestra presencia.

—¡Ajajà! Ya estoy perfectamente. Este medicamento regula el corazón y las funciones digestivas. Me va bien con él. ¡Ah, si encontrase algo parecido para el asma!

—¿Tiene usted asma?

—Casi tanto como diabetes.

—¡Todo sea por Dios!

—¡Bah! No hay que inquietarse demasiado por estas cosas. Si yo fuera aprensiva me habría muerto hace ya mucho tiempo. Hará tres años que tuve un ataque de reuma… ¡Pues, y cólicos nefríticos!

—¿Qué va a tomar la señora? —le preguntó atentamente un  mesero que  se acercó a nuestra mesa.

La viejecita reflexionó un instante.

—Tráigame una copa de coñac —pidió luego.

—¿No le hará a usted daño? —aventuré yo.

—¡Un día es un día! Lo tengo prohibido. Claro está, pero no importa.

Sonreía, sonreía siempre, con una sonrisita contagiosa. Desnudó sus manos delgadas y pálidas, que traía cubiertas con unos guantes negros. Y me miró.

—Es simpático este local, ¿no cree?

—Si mucho.

—Yo había soñado siempre con una cita de amor en él. Tiene un dulce recogimiento, una suave tranquilidad propicia a las confesiones amorosas.

Volvió el camarero; colocó sobre el mármol una copita y escanció en ella el coñac.

La viejecita extendió la mano derecha, tomó la copa, la alzó y luego de una mirada dijo:

—Por usted, Pepe: por haberlo conocido.— Y bebió.

Fue todo tan rápido que apenas si pude darme cuenta de lo ocurrido. Recuerdo que inmediatamente se incorporó, los ojos desmesurados las manos atenazadas al pecho, y que dio un grito agudísimo para caer en seguida al suelo.

Acudieron las personas que había en el café; la sentaron en una silla, intentaron reanimarla… Inútil todo… ¡Había muerto!

El caballero que antes nos sonreía desde una mesa lejana, se aproximó a mí para decirme con acento dolorido:

—¡Pobre señora! ¿Era su abuelita?

Pero yo tuve un noble gesto:

—No señor, dije: era mi novia y nos queríamos mucho.

Algo acerca de José Santugini:

Humorista español contemporáneo. Posee un fino sentido del humor que brota de lo “irracional en cuanto tal”. Su estilo ligero, ameno y de muy buen gusto. José Santugini debe su reputación a su prolongada colaboración como guionista con el director Ladislao Vajda durante los años cincuenta. Probablemente, antes de la aparición de Rafael Azcona, fuera el escritor cinematográfico más prestigioso de su generación. Pero, además, Santugini es autor de una nutrida producción humorística, fraguada en el primer tercio del pasado siglo, que nunca llegó a publicarse en forma de libro lo que le convierte en un integrante clandestino del «otro 27». (https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2724635).

Nota editorial: Fotografía y parte de la Biografía de José Santugini cortesía de Wikipedia

EPILOGO

“Todita la madrugada

rodeaba tu jacalito,

a ver si te podía ver

por algún agujerito”.

Cantares Mexicanos.

Manuel Michaus y Jesús Domínuezz.

“PARA JONATHAN Y GABRIEL”

En las páginas 115, 116 y 117 del libro de secundaria, que he estado comentando, intitulado: – “El Galano Arte de Leer”, de los autores Michaus y Dominguéz, publicado por la Editorial F. Trillas en el año de 1969”, -se encuentran las: – “Exhortaciones que los padres aztecas prodigaban a sus hijos”, -escritas por Ramón F. Vázquez, quien nos las narró de las “Siete antiguas pinturas de la Colección Moctezuma, Citadas por Clavijero. Tomadas de Motolinía y Sahagún.”

En una de las importantes exhortaciones descritas atinadamente por Vázquez me encontré el siguiente interesante mensaje:

“Cuando te den alguna cosa, acéptala con demostraciones de gratitud. Si es grande no te envanezcas; si es pequeña, no la desprecies; no te indignes, ni ocasiones disgusto a quien te favorece. Si te enriqueces no te insolentes con los pobres ni con los humildes; pues los dioses que le negaron a otro las riquezas para dártelas a ti, disgustados de tu orgullo, pueden quitártelas para darlas a otros. Vive del fruto de tu trabajo, porque así te será más agradable el sustento. Yo, hijo mío, te he sustentado hasta ahora con mis sudores y en nada he faltado contigo a las obligaciones de padre, te he dado lo necesario sin quitárselo a otros; haz tú lo mismo.”

Azteca, Calandrar, Historia, Rock

¡Sin comentarios o preguntas adicionales!

NOTA EDITORIAL: IMÁGENES CORTESIA DE WIKIPEDIA Y PIXABAY SIN NECESIDAD DE PAGO DE REGALIAS.